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Una de las cosas que más detestamos en alguien es su incapacidad para reconocer sus errores y disculparse por ellos. Esta actitud encierra muchos defectos como el exceso de orgullo, arrogancia, sinvergüencería, insensibilidad, entre otros. Lamentablemente, sobran personas con este problema y la política nos muestra ejemplos de ello con demasiada frecuencia.

A continuación dejo una lista con las razones que impulsan dicha actitud entre nuestros gobernantes:

1- Orgullo

La razón más obvia de todas y que aplica para líderes políticos, líderes empresariales y ciudadanos en general. El ego es una gran barrera para muchas de las acciones humanas, y si a ello le otorgas grandes cuotas de poder y la mirada de millones de personas, reconocer una falla y pedir perdón puede autopercibirse como un gesto humillante que se querrá evitar a toda costa.

2- Vulnerabilidad

A nadie le gusta mostrarse débil. Pedir disculpas, aunque nos humaniza, pone en evidencia un error. Eso va completamente en contra de esa figura idealista que sostiene que el líder debe ser implacable e infalible.

El detalle está en que, si el error es bastante obvio para la sociedad, de nada sirve negarse a reconocerlo. En estos casos, hay que considerar que es preferible aceptar una debilidad que quedar como débil y sinvergüenza al mismo tiempo. No hay nada que ensucie más a la política que eso.

2-  Competencia

Considero que esta es una razón fundamental y por eso veo necesario explayarme un poco al respecto. El mercado electoral es una competencia constante, la cual no solo termina el día de las elecciones, sino que se mantiene presente a lo largo de la gestión gubernamental, periodo en donde el líder sigue construyendo su marca política para futuras reelecciones, sucesiones o legado personal.

Reconocer un error (mientras más grave, peor) implica hacer evidente un fracaso que los adversarios aprovecharán al máximo como arma de desprestigio. Este escenario nos muestra que el acto de disculparse, desgraciadamente, a menudo está regido más por intereses políticos que éticos.

No es casualidad que muchos líderes se abstengan de reconocer sus fracasos mientras no estén completamente confirmados o mientras puedan perjudicar su agenda privada. Algo muy humano a final de cuentas, ya que el común de la gente no suele aceptar sus desaciertos en un primer momento.

Un ejemplo escandaloso viene de Tony Blair, ex primer ministro británico que reconoció sus fallas en la guerra con Irak doce años después del conflicto, ¡doce años!. Y en el caso peruano, podemos mencionar al expresidente Alan García, quien hizo autocrítica de su primer gobierno recién en las campañas del 2005, donde era conveniente vender la imagen de un político que había madurado y que quería redimirse; porque claro, reconocer su pésima gestión cuando correspondía, habría implicado asumir una serie de consecuencias en lugar de simplemente irse del país.

El riesgo de pedir perdón luego de hacerse el indiferente por tanto tiempo, o peor aun, de hacerlo después de negarse hasta el cansancio, es que no suele despertar la empatía de nadie y, por tanto, la reputación se puede ir en picada. Los políticos deberían pensar más en esto si lo que quieren es cuidar su imagen frente a sus enemigos.

¿Cómo se percibe a los políticos que admiten sus desaciertos?

La ciudadanía valora a los políticos que son valientes, humildes, coherentes y honestos. Por consiguiente, un político que reconoce sus errores puede generar confianza porque se mostrará más humano. No obstante, no aplica cuando ocurre en los siguientes escenarios:

_Cuando se cuenta con antecedentes de corrupción; nadie cree en los reincidentes.
_Cuando los errores son muchos; porque ponen en evidencia la incompetencia.
_Cuando las disculpas se notan forzadas; porque son peores que no decir nada.

Resalto el tercer caso porque un “lo siento” falso puede ser peor que no admitir la culpa; negar el error es incurrir en una deshonestidad, pero disculparse forzadamente es caer en dos: la falsedad del gesto y el hecho consecuente de que en realidad no se ha reconocido nada.

Es verdad que las personas son diferentes, por ende no existen dos formas iguales de admitir falencias. Sin embargo, hay señales básicas que sugieren si un discurso de perdón es auténtico o no: miradas bajas, manos juntas y signos reconocibles vergüenza. Si tú como político sientes que tu lenguaje corporal no ayuda a la hora de lamentar errores, debes ser adecuadamente asesorado.

Es importante saber que reconocer un error y disculparse no es una tarea sencilla, por lo menos no en un terreno donde puede haber mucho en juego, como es el caso de la política. Se trata de un acto que puede reconciliar al político con la sociedad solo si se aplica de la forma correcta.